Adán mío, tú no sabes
nada de precios y de excesos
porque vives rodeado
de riquezas en tu cueva.
Sacas vivo del armario
el tigre que asas entero
y una gacela triste
firma para un almuerzo.
Me horrorizan tus ganas
de carnes frías y tiernas.
Ya sabes, Adán querido,
que soy vegana y silvestre.
No puedo verte tomar
la leche en pocillos llenos
mientras las terneras lloran
porque su mamá no tiene
el desayuno que quieren.
Me marcho, Adán querido,
al supermercado y compro
unos frascos de lentejas.
Prefiero comer de bote
a comer de carnicera.
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