En el gimnasio estuve,
en el gimnasio estabas.
Yo estrenaba pantalón.
Tú mirabas asombrado.
Nunca habías visto, Adán mío,
unas piernas maxilargas
libres de la celulitis
que ataca a las jirafas.
Mis piernas, aunque de barro,
corren como unas máquinas
sin el freno que les ponen
las conductoras sensatas.
Yo, la Eva que se atreve
a comer buenas manzanas,
puedo presumir de piernas,
puedo presumir de faja.
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